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Mauritania: El Silencio del Sahel (Sergi y Yolanda, Marzo-Abril 2021)

Viaje de 10 días en grupo, con la agencia Terres Llunyanes, durante las vacaciones de Semana Santa de 2021. Nos desplazamos en vehículos 4x4, atravesando el desierto, y encontrándonos caravanas de nómadas y camellos, bellos oasis y asentamientos de gran valor histórico y cultural. Salimos de la capital, Nouakchott, para hacer noche en el oasis de Terjit y después continuar hasta Chinguetti, séptima ciudad santa del Islam. Visitamos la histórica ciudad fortificada de Ouadane y después Atar, capital de la región del Adrar. Volvimos a cruzar el mar de dunas del Sáhara, para llegar al Parc National du Banc d'Atar, donde el desierto se encuentra con el mar, un lugar de pueblos de pescadores y gran riqueza ornitológica. Finalmente, regresamos a Nouakchott y visitamos la capital, que nos sorprendió gratamente, con su Puerto de Pescado, el Marché Capital, hermosas mezquitas y el mercado de camellos.

MAURITANIA

1.Oasis de Terjit
2.Chinguetti
3.Ouadane
4.Oasis de Tanuchert
5.Atar
6.Dunas de Benichab
7.Parc National du Banc d'Arguin
8.Nouakchott

Cómo desplazarse

Durante todo el viaje, nos desplazamos en vehículos todoterreno, con conductores experimentados que conducían muy bien por el desierto. Nos parecía increíble cómo eran capaces de orientarse en medio de la nada, y hacer cientos y cientos de kilómetros para ir de una ciudad u oasis a otro sin puntos de referencia. También eran muy hábiles para conducir sobre la arena, subiendo dunas y montículos, o incluso por la playa, al borde del mar, sin que los coches se quedaran encallados ni hubiera ningún problema. La verdad es que es una experiencia muy divertida atravesar el desierto en todoterreno, y los paisajes son exactamente como los del Rally Dakar (incluso un día seguimos el trazado de una de las antiguas etapas). Además, es común cruzarse de vez en cuando con caravanas de nómadas y camellos. También es cierto que las jornadas más largas (de casi todo el día en coche) se pueden hacer duras y cansadas, sobre todo para los que tiendan a marearse.

En Nouakchott, el centro y la zona de las embajadas se puede recorrer tranquilamente a pie, para ver las mezquitas, el mercado, etc. Si no se quiere caminar tanto, o para ir a los puntos más lejanos como el Puerto de Pescado, el Mercado de Camellos, o las playas, se pueden encontrar fácilmente taxis, de precio negociable pero muy baratos, aunque realmente destartalados (algunos, literalmente, se les caía alguna puerta o les faltaban cristales).

Dónde dormir

Dormimos en pequeños hoteles, campamentos de haimas o en acampada libre entre las dunas, bajo las estrellas.

Dónde comer

Al ser un viaje organizado, casi todas las comidas estaban incluidas, y nos las preparaba el equipo de cocineros que nos acompañaba. Tenemos que decir que lo hacían muy bien: todas las comidas estaban muy buenas y pudimos probar muchas especialidades locales (y, además, todo era apto para paladares occidentales). Los desayunos eran continentales, con cereales, té y café, pan con mermelada y mantequilla, y a veces huevo duro, tortilla o crepes. Para comer, ya que normalmente parábamos en ruta, en medio del desierto bajo la sombra de un árbol, solían prepararnos ensaladas ligeras y fresquitas (de arroz, pasta, con atún y verduras, etc.). Las cenas eran más elaboradas y contundentes, y nos prepararon, entre otras cosas, cremas de verduras, platos de cuscús muy buenos, pollo a la brasa, carne de cabra o camello con patatas, pescado fresco, etc.

En Nouakchott, fuimos a algunos restaurantes con comida occidental tipo pizzas, hamburguesas o pollo. Los precios eran bajos comparados con Europa, pero no con la mayoría de países africanos. Por ejemplo, un menú de hamburguesa, patata y bebidas en un fast food costaba alrededor de 5 €. En concreto, los restaurantes a los que fuimos fueron:

Otra información útil

Para ciudadanos españoles, el visado para entrar a Mauritania se hacía directamente en el aeropuerto y costaba 55 euros. Conviene darse prisa al salir del avión, porque se hacen unas colas larguísimas y muy lentas. En nuestro caso, aunque llegamos de madrugada y solo había los pasajeros de nuestro vuelo, solo había abierto un puesto de expedición de pasaportes y tuvimos que esperar más de dos horas para conseguirlo.

La moneda de Mauritania es la ouguiya y es la divisa que hay que utilizar para casi todo en el país. En 2021, 1 euro equivalía a unas 42 ouguiyas. A nosotros, el cambio de divisa nos lo facilitó el personal de la agencia que nos acompañaba, pero también vimos que se podía cambiar en el Marché Capital de Nouakchott. Muchos cambistas salían a ofrecerte ouguiyas, no hace falta que busques mucho, ellos te encontrarán a ti.

En general, los precios en Mauritania son bajos comparados con Europa, pero bastante más altos que en la mayoría de países de África. Los precios se suelen nefociar (en especial para artesanía o souvenirs), pero tampoco es un regateo salvaje, sino que después de ajustar un poco el precio rápidamente se suelen plantar.

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Día 1: Nouakchott - Terjit 

Después de desayunar, con los coches cargados, salimos para afrontar una larga jornada de viaje hacia el oasis de Terjit. Saliendo de Nouakchott, pudimos hacernos una primera idea de la ajetreada vida cotidiana de la ciudad: mujeres vendiendo en puestecillos de comida, ataviadas con tradicionales pañuelos y trajes de colores; hombres con indumentaria tradicional (el llamado "boubou" o "drâa", una larga túnica blanca o azul, a veces decorada con bordados dorados); niños corriendo y jugando; cabras pastando entre la basura; tiendas de alimentos con logos de Coca-Cola estampados en su fachada, y un tráfico caótico entre el que se abren paso los coches destartalados, los tuk-tuks y otros peculiares vehículos motorizados, y muchos carros tirados por burros.

Nouakchott es una ciudad tomada por el desierto: la arena está por todas partes. Pero, al dejar atrás la ciudad, vimos cómo la arena iba ganando cada vez más y más campo, hasta que aparecieron las primeras dunas. La carretera era una infinita recta que se abría paso entre un árido paisaje, de extensas llanuras y escasa vegetación baja. De vez en cuando, volvían a aparecer dunas, blancas o doradas. Lamentablemente, hasta estar ya muy lejos de la capital, la arena estaba mezclada con una terrible cantidad de basura y plásticos.

Los espejismos se desdibujaban en el horizonte, y encontramos los primeros grupos de camellos a los lados de la carretera. En un momento, el conductor tuvo que dar un frenazo porque varios camellos estaban cruzando la carretera. Pasamos la localidad de Akjoujt y poco a poco el paisaje fue cambiando: las áridas llanuras fueron dejando paso a esporádicas montañas de piedra caliza. Paramos a comer bajo la sombra de un árbol y después retomamos el camino.

Un gran número de palmeras nos indicó que nos estábamos acercando al oasis de Terjit. Paramos junto a un pozo en el que estaban cargando un camión cisterna y, un poco más adelante, llegamos a un precioso mirador a Terjit, desde el cual se veía el pueblo en medio del oasis, salpicado de palmeras. Tras echar unas fotos, bajamos andando hasta el pueblo, donde unos niños nos vinieron a recibir. El guía nos mostró una cabaña tradicional, hecha de piedra y con tejado de hojas de palmeras, y paseamos por el pequeño pueblo.

Nos llevaron al Auberge Chez Jemal, el campamento de haimas donde pasaríamos la noche. Tomamos unos tés tradicionales y dimos un paseo por las dunas de alrededor del campamento, mientras anochecía. Tomamos una suculenta cena al aire libre, a la luz de una inmensa y brillante luna que iluminaba todo el firmamento.

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Día 2: Terjit - M'Herz - Chinguetti 

Tras tomar un completo desayuno, volvimos a pasear y echar unas fotos a las dunas de los alrededores del campamento. También subimos a lo alto de unas rocas que hay en el mismo campamento, desde donde también hay unas vistas espectaculares del oasis entre palmeras. Después, salimos andando hacia las aguas termales que manan de la cordillera de las Mauritanidas. En apenas 10 minutos estábamos allí, y se empezaba a ver todo verde, lleno de musgo y plantas, entre los riachuelos del agua que brotaba del manantial. Aunque este año no había tanta agua como en otros momentos, nos pudimos dar un baño, en apenas un palmo de agua, entre diminutos pececillos.

Recuperamos los coches y pusimos rumbo al oasis de M'Herz, el más grande de la región del Adrar, en el cual, en temporada de recogida de dátiles, pueden llegar a vivir unas 6000 personas. Paramos primero al borde de un acantilado, que servía de mirador a este gran oasis, una de las imágenes más pintorescas de Mauritania. A los pies del cañón, las palmeras esconden casas de adobe, invariables durante siglos. Cruzamos el pueblo en coche, ante las asombradas miradas de los habitantes locales, especialmente los niños, y después paramos en la parte de arriba de un acantilado que hay justo al otro lado. Desde allí, el oasis se veía en toda su extensión longitudinal, más alargado, al fondo del cañón.

Ascendimos por un tramo de pista dificultoso, que nos llevó a una zona de paisaje rocoso, donde pudimos ver numerosos lagartos negros, tomando el sol sobre las piedras, además de varios camellos. Volvimos a parar en medio de la nada, para comer a la sombra de un árbol. Menos de una hora de trayecto nos separaba de Chinguetti, la séptima ciudad santa del Islam, declarada Patrimonio de la Humanidad. A la entrada de la ciudad, dos de las cinco torres de la antigua mezquita flanquean la carretera, junto a un gran cartel y un mapa de las bibliotecas de la ciudad. Apareció un grupo de niños, que al principio se mostraron temerosos, pero poco a poco fueron llamando a más niños y niñas que se congregaron para vernos.

Por la tarde, visitamos la Biblioteca Al Ahmed Mahmout, una pequeña casa tradicional con un patio, que guarda múltiples incunables de un valor incalculable. La regentaba un hombre mayor muy auténtico y peculiar, ataviado con un boubou azul, que nos hizo de guía durante la visita. Comenzó explicándonos la historia de la ciudad. En el pasado, Chinguetti fue ruta camellera, importante punto de paso de peregrinación a La Meca, y la verdadera capital de Mauritania (de hecho, el el hombre aseguraba que muchos locales todavía preferían llamar al país "tierra de Chinguetti", que era su nombre antiguo). Hay 3 periodos diferenciados en la historia de Chinguetti, que ha sido trasladada ya dos veces de lugar al ser absorbida por el desierto. La primera ciudad fue fundada en el 777, pero no queda prácticamente nada de ella. En 1264 se fundó la segunda, que es la "veille ville" (ciudad antigua) actual, donde nos encontrábamos en ese momento. En 1917, los franceses fundaron la ciudad nueva, a 3 km de la antigua. Entre 1930 y 1990, Chinguetti sufrió un periodo de declive y muchas familias abandonaron la ciudad, llevándose muchos de los manuscritos de las bibliotecas. Actualmente, quedan 12 familias y 3000 libros, de los cuales 1700 incunables.

El hombre interrumpió la visita a las 17h para ir a rezar a la mezquita, y nos dijo que, mientras él volvía, podíamos subir a la terraza, desde la cual había muy buenas vistas de la ciudad del desierto, con sus construcciones de adobe y, en primer plano, el minarete y el patio de la mezquita. Cuando el hombre volvió, prosiguió la visita, mostrándonos algunos objetos antiguos que tenía expuestos en el patio, incluyendo sílex de piedra prehistóricos, juegos, morteros o armas. El momento estrella de la visita fue cuando sacó el muestrario de libros de un valor incalculable, que tenía guardados en archivadores. Entre ellos, había una página del supuesto Corán más antiguo de África, libros de astronomía o un libro de poesía al cual denominó "el primer chat de la historia", ya que escribían varios autores en distintos colores, cada uno en respuesta al otro. Todos estos ejemplares tenían cientos de años y estábamos sobrecogidos de tenerlos tan cerca. Parece mentira que estén allí en medio perdidos, sin que prácticamente nadie pueda llegar a admirar su esplendor, y que ni la UNESCO ni la Unión Europea hagan más esfuerzos para ayudar a preservarlos.

Tras la visita a la biblioteca, nos llevaron a lo alto de una gran duna en las afueras de la ciudad. Allí comenzaba un infinito y bellísimo mar de dunas, donde estuvimos caminando, corriendo y revolcándonos por la arena hasta ver la puesta de sol. Aun después de haber anochecido, nos quedamos un buen rato más contemplando las estrellas. El Sáhara es increíble, no existe una mejor definición de inmensidad. Si se mira hacia el este desde Mauritania, se ve arena y más arena, dunas y más dunas y cuesta pensar que, al final de ellas, tras haber cruzado a lo ancho todo el continente, se encuentra Sudán.

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Día 3: Chinguetti - Ouadane - Tanuchert 

Nos levantamos temprano para ir a dar un paseo matutino por nuestra cuenta. Mientras la ciudad se iba despertando, los niños iban a la escuela, las chicas con pañuelos tradicionales de color índigo. Paseamos entre las casas de adobe, la gendarmerie y la escuela, comprobando que Chinguetti está integrada en el desierto y casi se mimetiza con él.

Después de desayunar, salimos con el grupo para ir a pie hacia la ciudad antigua. Cruzamos por la zona donde hace un par de años pasaba el cauce del río, pero ahora estaba seco. En las fachadas de muchas casas, había pintado un símbolo que era una especie de ojo y el guía nos explicó que, hacía unos años, había habido una epidemia de una enfermedad de los ojos y el símbolo se había pintado para indicar que en aquella casa ya había venido un médico para curar la enfermedad y por tanto ya no había peligro.

Nos adentramos por las callejuelas estrechas, comidas por la arena, de la ciudad antigua. Vimos un marcador, parecido a los que se utilizan para indicar el nivel de agua de un río o la altura a la que llegó el agua en unas inundaciones, que fue colocado por la UNESCO en 2003 para indicar el nivel al que había llegado la arena (más de 3 metros!) antes de los trabajos de extracción que realizaron en aquel momento para desenterrar la ciudad, que había sucumbido del todo al desierto. Más adelante pasamos por una escuela coránica, donde un grupo de niñas recitaba las escrituras. Los niños y niñas van entre los 10 y los 14 años para aprenderse de memoria el Corán, pero también van a escuelas generales.

Llegamos a una plaza, en la que subimos a un muro para contemplar el patio de la mezquita. Mientras tanto, un grupo de mujeres, que se nos había unido hace rato, desplegó unas mantas con pulseras y objetos de artesanía para vendernos. Justo después, pasamos por delante de la cooperativa de mujeres, que eran dos pequeñas tiendas contiguas de artesanía, cerca de la biblioteca que visitamos ayer.

Abandonamos Chinguetti en los vehículos todoterreno, siguiendo el trazado de una de las etapas del antiguo Rally París-Dakar. Realmente te sientes como en el rally, conduciendo sobre la arena, entre las dunas, en medio de un paisaje de puro Sáhara. En el camino, encontramos una caravana de camellos con dos pastores. Por más desierto de arena y altas dunas, llegamos hasta Ouadane, que, de lejos, se veía como un inmenso oasis de palmeras. Al acercarnos a la ciudad antigua, lo primero que nos impactó fue la enorme fortificación, medio derruida, que la rodeaba. Circulamos al borde de estos restos de muralla hasta una llanura con unos acacias, donde paramos a comer.

Realizamos una visita por la ciudad vieja de Ouadane, declarada Patrimonio Mundial de la Humanidad por la Unesco, con un guía local. La entrada nos costó 200 ouguiyas (5 €). La ciudad vieja fue abandonada en el siglo XIX y actualmente está en ruinas, pero básicamente intacta, mientras que la ciudad nueva crece extramuros. Comenzamos la visita en la Rue des 40 Savants (Calle de los 40 Sabios), que se extendía entre dos de las principales mezquitas que había en la antigüedad. "Ouadane" etimológicamente significa tanto "Tierra de Sabios" como "Tierra de Dátiles". La primera parada de la visita fue en la Maison de Surveillance (puesto de vigilancia) del pozo fortificado, un recinto de interior laberíntico cuyo objetivo era que, en caso de ataque, todo el pueblo se pudiera refugiar dentro y tener acceso al pozo. Los enemigos desconocían la existencia de dicho pozo y, además, para ellos tampoco era fácil encontrar agua mientras sitiaban la ciudad, con lo cual los habitantes de Ouadane tenían ganado un importante punto estratégico. Todavía se puede ver actualmente el pozo, de 13 m de profundidad.

Llegamos a algunos miradores a los restos de la fortificación y los alrededores, desde los que vimos algunas marmotas, que anidan en los muros. Pasamos junto a las casas de los tres fundadores de la ciudad y entramos en una de ellas, de estructura similar a las otras. El patio central servía de escuela coránica, con un recinto más amplio donde se situaban los alumnos, un espacio reservado para el profesor y otro para que los alumnos dipositaran sus tablillas de madera, que hacían la función de cuadernos. Al lado, estaban los aposentos de la familia, la despensa, la cocina y un espacio destinado a la letrina. Finalmente, acabamos la visita en la mezquita, probablemente del siglo XV, cuyo minarete de planta cuadrada es similar al de la mezquita de Chinguetti.

Partimos hacia el oasis de Tanuchert y paramos para ver un pequeño salar, lleno de pequeñas caracolas blancas y grises mezcladas con la arena. Un poco más adelante, y ya muy cerca del destino, nos dejaron junto a una preciosa hilera de grandes dunas, para que subiéramos a ver la puesta de sol. La excursión que hicimos caminando por la creta de las dunas fue muy divertida, alejándonos y descubriendo una nueva duna tras otra, cada cual más fotogénica que la anterior.

Los coches nos llevaron hasta el campamento de Tanuchert, donde pasaríamos la noche. Nos dimos una "ducha africana" (un cubo de agua con media botella de plástico que hacía de cazo para echársela por encima) y cenamos sobre alfombras en el patio, a la luz de las estrellas. Al anochecer, había bastantes langostas que saltaban cerca de los focos de luz, pero más tarde desaparecieron todas, como por arte de magia. Tras la cena, nos ofrecieron un espectáculo de música tradicional, en el que unos hombres locales cantaban y tocaban curiosos instrumentos. Las mujeres se fueron añadiendo y varias niñas se echaron a bailar.

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Día 4: Tanuchert - Atar 

Por la mañana, visitamos el pequeño asentamiento de Tanuchert, que estaba junto al campamento. Todo eran cabañas de paja y el pueblo estaba prácticamente desierto, ya que los hombres estaban con los rebaños de cabras y camellos, y las mujeres vendiendo sus abalorios en la puerta de nuestro albergue. Vimos la mezquita, que probablemente era el único edificio construido en piedra, y también varios caños por los que brotaba agua y caía a unas pilas redondas. Después fuimos a visitar la escuela, donde los alumnos nos cantaron el himno nacional. Justo delante de la escuela, había un abrevadero para camellos: un caño del que caía un minúsculo hilillo de agua a una piscina de piedra, donde los animales se agolpaban a beber.

Nos pusimos en marcha con los todoterrenos y, durante el camino, hicimos varias paradas para ver el paisaje del desierto. Llegamos al yacimiento de arte rupestre de Agrour, en el que las pinturas están protegidas por un saliente de la roca. El lugar nos pareció fascinante. Algunas de las pinturas estaban en muy buen estado y se podían distinguir perfectamente figuras de bueyes, camellos, humanos bailando e incluso una impresionante jirafa moteada, pintada con la yema de los dedos para recrear la textura y manchas de la piel. Un poco más adelante de las pinturas, paramos en un mirador a un cañón, desde donde se podía ver un impresionante desfiladero, con escarpadas y oscuras paredes de roca, y unas grietas tremendas que se abrían en las profundidades de la garganta. Después, la carretera se internó en el cañón, discurriendo junto a una alta pared de roca con restos de desprendimientos, y una temible caída al otro lado.

El camino prosiguió por un terreno seco y rocoso, salpicado por vegetación espinosa, en el que fuimos viendo camellos y pequeñas construcciones de piedra, adobe o paja, medio derruidas. Como ya venía siendo habitual en todo el viaje, al acercarnos a la ciudad pasamos por múltiples controles policiales, en los que el primer coche entregaba una lista a los policías, que aparentemente controlaban el número de turistas que íbamos en cada coche. De todas formas, nunca tuvimos ningún problema ni sensación de inseguridad.

Poco antes de las 14h, llegamos a la ciudad de Atar, capital del Adrar. Nuestro alojamiento era en un resort muy nuevo unos 8 km al noroeste de la ciudad, el Auberge et Hôtel Atar Étoile du Nord. Comimos en el hotel, nos dejaron un tiempo para descansar, y por la tarde fuimos a visitar el mercado de Atar. Fue uno de los mejores momentos del viaje en cuanto a contacto con la vida local. En la bulliciosa calle principal, se amontonaban los puestecillos de pan, frutas y verduras y había un "aparcamiento" de carros tirados por burros. Unas estrechas callejuelas permiten acceder al interior del mercado, donde te tropiezas con los sacos de legumbres. La experiencia humana fue genial: la gente se nos acercaba amistosamente a preguntaros por nosotros, darnos la bienvenida a Mauritania o explicarnos algo sobre su vida. Por el laberinto de pasillos del mercado cubierto, nos topamos con la zona de la carne, que hacía también las veces de matadero. Después volvimos a la rotonda de la N1, donde nos habían dejado los coches, y fuimos a explorar otra zona del mercado que había al otro lado de la calle. Esta parte era principalmente de ropa, con pañuelos de colores por doquier y algunas muestras de bisutería. Nos sorprendió lo bien ordenadas que tenían las telas, "boubous" y sandalias en todas las "boutiques", plegadas en vitrinas y estanterías.

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Día 5: Atar - Benichab 

Comenzamos el día con una rápida visita a Azougui, muy cerca del hotel, para ver las ruinas de lo que en el siglo XI fue la capital de los almorávides. Quedan muy pocos restos y en mal estado, por lo que cuesta imaginarse cómo fue.

Hoy tocaba una larga jornada de viaje, volviendo hacia el oeste, para pernoctar en las dunas de Benichab. Cruzamos la ciudad de Akjoujt, antaño próspera por la explotación de las minas de cobre, pero ahora en declive e intentando recuperar su actividad económica con la explotación del oro. Más adelante, en medio del desierto encontramos un enorme rebaño de ovejas y camellos, que bebían de un abrevadero junto a un pozo, vigilados por un pastor con turbante. En la ruta, nos seguimos cruzando con más rebaños de cabras, burros y camellos. Aunque decimos "camellos", en realidad son dromedarios, de una sola joroba. El chófer nos indicó que uno de los inmensos rebaños, de 200 o 300 camellos, pertenecía a una sola persona.

Nuevamente paramos a comer bajo la sombra de un árbol y proseguimos hasta Benichab, donde paramos a repostar antes de dirigirnos a la zona de dunas. A la salida de la ciudad, nos topamos con una enorme duna que se había comido la carretera. Por fin llegamos a la zona de dunas móviles donde íbamos a pasar la noche. Sin perder tiempo para aprovechar la luz antes de que anochecieran, se dispusieron a montar las dos haimas. Mientras tanto, algunos miembros del grupo tuvieron la idea de construir una "ducha" peculiar pero muy funcional como podéis ver en las fotos. Allí nos duchamos, con el agua de unas botellas que habíamos llenado de camino en otro pozo.

Dimos un paseo por las dunas hasta la hora de cenar. Encendieron una hoguera en el campamento y cenamos a la luz del fuego. Después, apagaron el fuego e hicieron un agujero en la arena para cocinar pan en las brasas a la manera tradicional. Después de cenar, buscamos un lugar al pie de las dunas para estirar las colchonetas y estuvimos un rato tumbados contemplando las estrellas, antes de quedarnos dormidos bajo la cúpula celeste. Aunque el viento nos tiraba arena durante la noche, dormimos bastante bien. Hizo menos frío de lo que esperábamos y ni siquiera tuvimos que cerrar el saco de dormir.

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Día 6: Benichab - Nuamghar (Parc National du Banc d'Arguin) 

Continuamos la ruta hacia el oeste, para dirigirnos al litoral atlántico. La primera parada del día fue en un pozo de 90 metros de profundidad, del que los beduinos sacan agua con un saco atado con una cuerda a un camello o un burro. Cerca había unas cisternas de agua y varios camellos bebiendo en un abrevadero.

Llegamos a la carretera que bordea la costa y la tomamos, rumbo al norte. Al poco rato, paramos en un pueblo que había a pie de carretera, a ambos lados de esta, en el cruce de la N2 (Autoroute Nouadhibou) con el desvío hacia Lemhaisrat. Era tan humilde como los otros pueblos que habíamos ido viendo durante el viaje, pero de apariencia muy distinta. Los colores marrón y ocre de las casas de adobe, que se mimetizan con el desierto, cambiaron por los colores vivos de las casas de chapa de este pueblo de pescadores.

Nos acercamos aún más a la costa y empezamos a trepar por dunas enormes hasta llegar a una especie de acantilado, en el que una gran duna se precipitaba a una playa. El paisaje era idílico y curiosísimo ya que, literalmente, en aquel lugar se juntaban el desierto y el mar. El suelo estaba llenísimo de conchas y caracolas blancas, que no sabemos cómo habrán llegado hasta aquí. Paramos allí a comer la clásica ensalada del mediodía y después bajamos corriendo a la playa. Nos dimos un baño y paseamos por la orilla, entre miles de cangrejos, hasta que vimos aparecer un coche por la playa, que venía a buscarnos. Parece que no siempre pueden bajar, ya que el nivel del agua depende de las mareas, y nos contaron que hace unas semanas dos coches habían quedado atrapados en el agua.

Fuimos haciendo rally por la playa hasta encontrarnos con el resto del grupo, y seguimos subiendo con los todoterrenos por la costa. Entramos en el Parque Nacional de Arguin y, poco después, paramos a repostar en Chami, en una gasolinera que también hacía la función de estación de autobús. Chami es una ciudad que se dedica al trabajo del hierro y del oro, y vimos muchos negocios y paradas y paradas llenas de motores. En los alrededores del mercado, se respiraba el ajetreo y muchísima vida.

Saliendo de Chami, dejamos la carretera y empezamos a conducir fuera de pista hasta el mar, donde se encontraba el campamento de haimas al que íbamos. Subidos en las cajas de las camionetas, salimos en dos coches y realizamos un trayecto lleno de baches, de unos 45 min, hasta las oficinas del parque. Delante había un esqueleto de ballena y otros restos animales. Visitamos el cercano pueblo de pescadores de Iwik, donde había muchos niños jugando a fútbol, y otros lavando platos en el mar. Mientras el guía compraba un inmenso pescado para la cena, nosotros paseamos entre las coloridas y humildes casas tradicionales y las grandes barcas que estaban amarradas en la costa y ocupadas `por aves que se posaban en el casco. Las embarcaciones y la superficie del mar, a la luz del atardecer, conformaban una escena preciosa de pueblo de pescadores.

De vuelta, paramos a echar unas fotos desde lejos a una playa en la que había montones de garzas blancas, flamencos y otras aves. Es una lástima que no nos pudiéramos acercar más. Dando botes en la caja del todoterreno, admiramos la espectacular puesta de sol, con un inmenso sol africano como protagonista.

El campamento se encuentra frente al mar, junto a una bonita playa por la que se puede pasear. De noche, fuimos a ver las estrellas y nos cruzamos con varios pescadores que volvían de trabajar, alumbrándose con potentes linternas.

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Día 7: P.N. du Banc d'Arguin - Nouakchott 

Partimos temprano, porque teníamos que llegar pronto al hospital de Nouakchott para gestionar el tema de las PCR que nos teníamos que hacer para volver a casa. Pasamos la mañana de viaje y solucionando ese tema. Después de comer, fuimos a una playa, anunciada como "Las Bahamas", aunque nada más lejos de la realidad. Aunque parece que están construyendo viviendas como lugar recreativo a primera línea de playa, el lugar estaba completamente lleno de basura y plásticos, por lo que no era precisamente paradisíaco ni daban ningunas ganas de bañarse.

La gran visita del día fue la del famoso Port de Pêche (Puerto de Pesca). Este lugar es un maravilloso espectáculo de vida local, donde se mezcla el bullicio, el color y el olor a pescado. Por la tarde, cientos de coloridas barcas, pintadas con motivos geométricos típicamente africanos, regresan a la playa, después del día de pesca. Cada vez que llega una nueva, los trabajadores se acercan corriendo desde la costa, con unos barreños en la cabeza y "protegidos" con unas gabardinas, y se meten en el agua para descargar el pescado fresco. Se van dando relevos hasta acabar descargando en la caja de una de las furgonetas estropeadas que sirven de contenedor. Las mujeres, sentadas, van seleccionando el pescado en unos espacios llenos de peces amontonados. Más atrás hay un espacio más grande, que es propiamente el mercado al pormenor.

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Día 8: Nouakchott 

A primera hora, fuimos al hospital a hacernos las PCR. Después tuvimos un rato para descansar, y salimos a dar una vuelta por nuestra cuenta para explorar los alrededores. Muy cerca del hotel, se encontraba la zona del mercado turco, y también la Mezquita Ould Mbouja, de impoluta fachada blanca y con un minarete de planta cuadrada. La cercana Galerie Zeinart estaba cerrada por ser domingo, así que fuimos bajando en dirección a la Mezquita Saudí, dando un largo paseo por la zona de las embajadas, cada cual más ostentosa que la anterior. Tuvimos que dar un rodeo porque nos topamos de frente con el Palacio Presidencial, que ocupa varias manzanas y está custodiado por vigías armados con metralletas.

La Mezquita Saudí es una de las dos principales de Nouakchott. Sus dos minaretes gemelos son altísimos y se ven desde muy lejos. El resto del complejo no los desmerece, ya que el templo, aunque moderno, es de gran belleza, con arcos y celosías que decoran sus puertas y ventanas. A la hora que fuimos, no había mucha actividad. Delante de la mezquita hay un gran mercado de móviles y tecnología.

El Museo Nacional nos sorprendió gratamente, ya que íbamos sin grandes expectativas, pero nos gustaron mucho sus colecciones arqueológicas y etnográficas. El guía del museo nos hizo una visita muy interesante y amena, pero los carteles explicativos también estaban muy bien, y, además, el museo tenía el tamaño justo para resultar atractivo pero sin llegar a ser excesivo. El edificio consta de 2 plantas: en la inferior hay restos arqueológicos encontrados en toda Mauritania, desde la prehistoria, y la superior contiene una exposición sobre la vida nómada y el Sáhara. Primero, vimos un mapa que indicaba las 4 ciudades principales del país en cuanto a valor histórico: Chinguetti, Ouadane, Tichitt y Oualata. Nosotros habíamos estado en las 2 primeras. Entre las muestras expuestas, destacaban antiguas monedas, sílex del neolítico que disminuían de tamaño conforme el hombre evolucionaba de más grande y fuerte a más pequeño e inteligente, y la balanza más antigua de África Occidental, de hace unos 1100 años. En la planta superior, había recreaciones de haimas y cabañas de paja, lujosos palanquines para que las princesas fueran a camello, y una exposición dedicada a la pesca.

Más al sur se encuentra la otra mezquita principal de la ciudad: la Mezquita Marroquí. Realmente, es de estilo muy marroquí, con un minarete precioso grabado con motivos verdes, a juego con los tejados y portadas. Paseamos alrededor de la mezquita, viendo el adyacente Centro Cultural Marroquí y los ajetreados puestecillos del mercado. Compramos unos aceitosos buñuelos que hacían allí mismo unas mujeres y que estaban riquísimos. Después nos llevaron a una zona de tiendas y talleres de artesanía.

Por la tarde, fuimos a un mercado de camellos, a las afueras de la ciudad, que nos pareció fascinante. Aunque igual o más fascinados estaban los locales al vernos allí a nosotros. Había miles de camellos, de todos los tamaños y tonalidades, de blanco a marrón oscuro. Estaban agrupados en parcelas no delimitadas, sueltos aunque algunos con las patas atadas. Los habían marcado con símbolos o números pintados para indicar a quién pertenecían.

Regresamos atravesando la ciudad con la caravana de coches a la luz del atardecer, encontrándonos grupos de niños que jugaban a fútbol en descampados, junto a la silueta de las mezquitas. Pasamos a recoger a unas chicas del grupo que habían pasado la tarde con un grupo de mujeres locales, haciéndose unos tatuajes de hena en las manos. La población queda extremadamente sorprendida al vernos, adultos y niños, y nos mira con una mezcla de temor y curiosidad. Incluso aquí en la capital, parece que muchos han tenido muy poco contacto con occidentales. En general, no les gusta que hagas fotos, aunque sean generales o del paisaje, y hay niños que incluso se asustan al ver las cámaras.

Antes de volver al hotel, pasamos por otras tiendas de artesanía para comprar recuerdos, así como por una zona llena de tiendas de boubous perfectamente doblados y ordenados en vitrinas, y zapatos colgados en la pared por encima de estas.

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Día 9: Nouakchott 

A primera hora volvimos a ir al hospital y, después de una larga cola, conseguimos recoger los resultados (negativos) de las PCR. Después fuimos al Marché Capitale, un bullicioso mercado que abarca varias manzanas en el centro de Nouakchott. Primero paseamos por el exterior, entre los puestos de frutas y verduras, y luego nos acercamos a las tiendas de ropa y utensilios del hogar y nos adentramos en la parte interior del mercado, un edificio que se estaba cayendo a trozos (de hecho, había trabajadores demoliéndolo a mazazos). Cruzamos entre varios puestos de artesanía, todos muy similares, cuyos dueños nos dedicaron un trato muy cordial, invitándonos a sentarnos y charlar. En una de las tiendas, incluso nos invitaron a tomar un té.

En el mercado pasamos nuestros últimos momentos saboreando Mauritania, ya que después tuvimos que volver al hotel y coger las maletas para que nos llevaran al aeropuerto. El trayecto hasta allí fue por la infinita carretera recta, bordeada de pequeños arbolitos recién plantados para intentar protegerla de la arena y de farolas con paneles solares. Desde la ventanilla del coche, tuvimos ocasión de despedirnos de las dunas y de algún camello que pastaba a lo lejos. Bajo un sol abrasador, quizá más intenso que nunca, nos despedimos del guía y los chicos que nos habían acompañado durante el viaje, y entramos al diminuto aeropuerto de Nouakchott para emprender la vuelta a casa.

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